NIÑECES EN SOCIEDADES MONSTRUOSAS
Faviana Quispe,
Engelbert Huber
y Alejandro Cussiánovich.
La guerra es más que violencia, es un mercado inadvertido. Se mueve por intereses económicos de una élite: hombres privilegiados con poder, opresores y capitalistas, los cuales se apropian de la riqueza que no les pertenece, mientras el resto de la sociedad muere en una guerra a favor de sus intereses personales.
Existen dos ámbitos que hacen que se transformen las maneras de explotación de Niños Niñas y Adolescentes (NNAS) en el capitalismo contemporáneo: La guerra y el ecocidio.
La primera, como activación de los procesos del capital; y el ecocidio, como destrucción de los recursos naturales, siendo estos un derecho fundamental para los NNAS.
De ese modo, una realidad preocupante que debemos comenzar a ver críticamente, es el genocidio en Gaza, pues cada día aumentan los muertos, moribundos, mutilados, heridos y traumatizados; entre ellos, miles de NNAS.
Hasta diciembre del 2025 se registraban más de 72 000 palestinos asesinados, de los cuales 30% son infantes, mueren a diario niños que llenarían un aula. Han sido veintiún meses de niños destrozados por bombas de Israel, bebés agonizando ante las cámaras de los pocos periodistas palestinos que sobreviven, mientras existe y se propaga una economía de genocidio en Israel. Corporaciones, tales como Tel Aviv, Elbit Systems e Israel Aerospace Industries; obtienen beneficios mediante la venta de armas y suministros; blindan a Israel con aviones cargados con 85 mil toneladas de bombas para usarlas contra personas en Gaza; suministran maquinaria y tecnología para destruir viviendas y bombardear familias palestinas.
Empresas turísticas como Booking.com y Airbnb ofrecen hospedaje en asentamientos ilegales cercanos, cadenas de supermercados se expanden en la zona y, lo peor, turistas e israelíes pagan para ver con crudeza cómo bombardean adultos, NNAS, hospitales y hogares, todo en vivo y en directo.
A pesar de la evidencia de violaciones de derechos humanos, estas grandes empresas siguen suministrando y financiando la guerra y el genocidio.
Al parecer, la lógica de la ganancia y la adquisición va en contra de la lógica de la vida, especialmente de la vida de niños, niñas y adolescentes.
La guerra es parte del capitalismo: el capital encuentra en ella un mercado favorable. Las mercancías que se destruyen, que se consumen, que se devoran, son los seres vivos: sus cuerpos, sus territorios, sus futuros; todo esto sin ninguna protección a la infancia. En esta sociedad en ruinas, no hay distinción por edad.
Mencionar que las guerras se dan por razones ideológicas, religiosas y/o culturales es quitarle la verdadera razón profunda: mantener y acelerar ganancias; la valorización del capital y la apropiación de la riqueza ajena, sin importar si es un adulto o una infancia.
Cada niño en guerra que es mutilado, huérfano, asesinado, traumatizado, herido; niño al que han destrozado su hogar, su familia y su hábitat, es un niño explotado económicamente por un sistema que domina el capital. Su sufrimiento, su dolor y sus pérdidas son su dramático trabajo. Es depredado, despojado de su riqueza, riqueza producida y reproducida a costa de su sufrimiento.
El ecocidio entendido como el daño grave y duradero al medio ambiente, o, dicho de otra manera, la destrucción del planeta, ¿también afecta a las infancias?
Los cambios climáticos, la inseguridad alimentaria, las enfermedades, la contaminación del aire, la salud respiratoria deficiente y otros factores, repercuten y afectan a millones de infancias, con mayor gravedad en aquellas que viven en precariedad, en condiciones de vida insalubres y en pobreza; infantes que no pueden acceder a servicios básicos y que solamente intentan sobrevivir con lo que tienen.
Los daños medioambientales son una gran amenaza para los derechos de las infancias, ya que tener un medio ambiente limpio, sano y sostenible es un derecho humano.
Se habla de que todos tenemos la culpa del mal manejo de los recursos ambientales; pero, de esta manera, pasan desapercibidos los verdaderos responsables: personas con poder que se apropian de la naturaleza; corporaciones, empresas, mafias. Y actualmente esta dinámica se está esparciendo no sólo en instituciones, pues, ¿no son también culpables del ecocidio los que pescan, talan y minan de manera informal?
Todos ellos explotan la fuerza de trabajo y nos amarran a una cultura que mira a los humanos y naturaleza como mercancías, se alimentan y ganan con el negocio de depredar recursos naturales.
Así podemos reafirmar que el problema ecológico no sucede de la noche a la mañana y no es producto de la insensibilidad colectiva; realmente es el resultado de un sistema monstruoso que todo lo ve lucrar, sin importarle la vida o la naturaleza, pensando solo en cuánto dinero obtendrá.
La explotación, depredación y apropiación indiscriminada del medio ambiente golpean a las infancias y a las nuevas generaciones, ya que se les vulnera y se les priva de un futuro digno. Si se destruye y privatiza esta riqueza medioambiental, podemos hablar de una explotación económica intergeneracional: un infante y adolescente al que le roban el aire, el agua y el entorno natural; le malgastan de manera inconsulta el territorio, es violentado económicamente de manera extendida, cruda y aprovechada. Le roban algo que le es propio, que le pertenece. Las futuras generaciones están mucho más vulnerables al desastre ambiental.
En esta sociedad monstruosa, el sistema necesita a las infancias en cada eslabón de su cadena.
No debemos silenciar a las infancias, debemos verlas como lo que son: agentes del cambio e involucrados activamente en la realidad internacional. Debemos comenzar a verlas como sujetos protagónicos de las luchas sociales, ambientales y económicas.
Reflexiones a partir del capítulo 8 de
El Desborde de la Explotación Económica de las Infancias en el Capitalismo Contemporáneo.