Pongamos esta situación: Un niño quiere comprarse un polo, pero tiene dos opciones, comprar un polo barato de calidad o comprar otro de la misma calidad, pero de una marca reconocida. El uso de ambos es el mismo, pero varía el valor simbólico y el estatus social que le da el segundo, esto basado en la cantidad de dinero que va a gastar, el primero costando 15 dólares y el segundo costando 100 dólares. La orientación social, las estrategias publicitarias y condicionamiento hace que este potencial consumidor, opte por comprar el polo que cuesta más. No existe un beneficio real para el consumidor, ya que ese beneficio solo se ve en los bolsillos de las grandes empresas, este es un sutil mecanismo de explotación y de apropiación de la riqueza de las infancias y sus familias.

Existe un doble proceso de explotación y de extracción de plusvalía, una primera explotación económica se da en el momento de la producción del polo, seguramente a los trabajadores solo se les paga una parte pequeña por su trabajo, muchas veces la producción de estos objetos la hacen en países pobres, donde la fuerza de trabajo es aún peor pagada y sin tener en cuenta sus derechos. Las empresas le agregan un valor mucho más alto y vuelven a robar recursos, pero ahora de los consumidores, estando dentro NNAS. De la producción y consumo aparece esta nueva forma de sobreexplotación: El hiperconsumismo, pasando de un capitalismo de producción a un capitalismo centrado en el consumo.

Si hablamos de hiperconsumo, ¿podemos hablar entonces de sobreexplotación a través del consumo?

Se está configurando un nuevo currículum de la infancia, no centrado en la escuela, familia, trabajo o el juego, si no, en el consumo.

Una “Sociedad de consumidores” implica una sociedad que promueve, alienta y refuerza la elección de un estilo de vida consumista, sociedad en la cual se empuja a las personas a consumir, siendo un requisito para pertenecer. Las infancias están inmersas en esta sociedad, el consumismo global influye en las prácticas sociales, identificación y su sentido de pertenencia. La experiencia de vida de los NNA está ligada al consumismo, afectando el proceso de formación de su identidad. En la actualidad, el niño es esencialmente un consumidor.

El infante cuando crece, ejerce su influencia en las decisiones de consumo de su entorno (padres, parientes). Las marcas tienen cierto interés en elaborar estrategias específicas para capturar los intereses y de fidelidades infantiles.

Los niños conocen las modas y marcas, son esenciales para tomar decisiones en familia como el lugar al cual vacacionar, el carro que se debe comprar, etc.

El internet y los teléfonos móviles les permiten manejar más información que las antiguas generaciones, por eso, es aquí es dónde nos preguntamos, ¿Quién nos cría y educa en la actualidad?

En el universo del hiperconsumo, no hay rincón en el cual no estén presente los niños, ellos son un segmento destinado a reservar jugosas ganancias para las empresas, por eso, existe una expansión del consumo infantil y de estrategias de captura de los consumidores infantiles. Entre los 4 a 6 años los infantes se sienten profundamente atraídos por un producto, lo piden hasta vencer la resistencia de los padres y finalmente les compren el producto que desea.

Lo mismo sucede en el territorio de los juegos, impulsando el consumo excesivo de chicos al atractivo lúdico, expanden el consumo infantil compulsivo a través de productos destinados para ellos, se transforma cualquier producto en juguete, podríamos pensar en cepillos con diseño, peines, jabones, entre otros. Por otro lado, existe una unión de estos juegos con la publicidad, los juegos tienen un mensaje promocional de alguna marca de productos, intentan crear una relación entre el niño y la marca, a través de un proceso de identidad y fidelidad.

En este mundo hiperconsumista, varios profesionales están involucrados para sacarle el jugo a la valorización del capital con las infancias, tales como los de marketing, psicólogos, farmacéuticos, entre otros.

Los gobiernos deberían regular las actividades de las corporaciones, pero las autoridades han abandonado a niños, dejándolos a la atenta mirada depredadora de las corporaciones.

Los centros comerciales son para las infancias una forma de entretenimiento, los celulares se consideran esenciales para la construcción de un estatus social, los videojuegos son espacios con experiencias violentas virtuales, los cuerpos de los NNAS son mercancía destinada al consumo (cuerpos consumidores y cuerpos consumidos), los espejismos de la industria del espectáculo se visibilizan cada vez más a través de cuerpos infantiles orillados a seguir modas, comprar X cosa de último modelo para conseguir estatus, infancias con fármacos, con absurdas cirugías estéticas para poder sentirse conforme con los moldes de belleza impuestos, todo para ser aceptados y valorados socialmente. Los fenómenos de consumo e hiperconsumo infantil se expanden continuamente en complejidad y profundidad, logrando que la concepción e idea que se tenía de la infancia, muera.

El consumo de cosas materiales va de la mano con el consumo simbólico, tales como comprar celulares muy costosos con funciones que no usarán nunca, pero garantizan satisfacción momentánea y un estatus alto con reconocimiento en el entorno social, ropa cara que agrega un valor simbólico determinado por la marca que usan.

El acto de consumo de los niños, ¿puede configurarse como acto de apropiación de una riqueza producida por ellos mismos?

Las actividades financieras también se han extendido a nuevas áreas económicas de la vida y en este ámbito, existe una estrecha relación entre el mundo financiero y el consumo, siendo el crédito una de las principales modalidades que alimentan el consumo, permitiendo activa y permanentemente las dinámicas de hiperconsumo. Esto se ve en su mayoría palpado en las tarjetas de crédito, difundidas por todos los estratos sociales y son destinadas a todo tipo de consumo, ínfimos y básicos. Pagar en cuotas hace que el consumidor ingrese en un endeudamiento a largo plazo, con altos intereses que harán que pague más de lo que realmente costaba el producto en un inicio, estos montos de intereses dejarán de permanecer a la familia y ahora será parte de las grandes corporaciones financieras. Esta relación entre financiarización, consumo y hombre endeudado, mantiene a flote el modelo hiperconsumista de la sociedad actual.

Es necesaria una resignificación del artículo 32 de la Convención de Derechos del Niño, este artículo dice que el derecho de la infancia es ser protegida de la explotación económica, reduce la explotación económica a solo el ámbito mal llamado trabajo infantil, si se desea abolir o erradicar se debería hablar sobre abolir apropiación de ganancia ajena (plusvalía). La explotación más radical, más profunda y más brutal, se consuma en otros terrenos, en este caso, en la desbordante bulimia hiperconsumista que condena a las infancias de todo el mundo.

En este desborde se moldean las construcciones de identidades de las infancias, las lenguas son sustituidas por emojis, juegos al aire libre sustituidos por apps, la explotación es también a la integridad de su ser. El hiperconsumismo va alcanzando límites inimaginables de brutalidad, sin embargo, nos estamos acostumbrando, lo normalizamos, nos parece amigable, lo justificamos, naturalizamos y aceptamos: los niños se enferman por comida chatarra, la perversión de cuerpos infantiles exhibidos en infinitas pantallas, el marketing infantil, estas cosas destinadas al mercado nos sepultan y sepulta principalmente, a las infancias en una vida reducida al mercado, dónde se apropian de riqueza ajena, es normalizado, institucionalizado y admitido como norma social actual, y esto le pasa factura tanto a infancias de bajos recursos, como a las infancias privilegiadas, todas ellas están dentro del monstruo del hiperconsumismo.

¿Es el consumo una nueva forma de apropiación de trabajo ajeno?

Si pensamos en un teléfono, lo vemos como un objeto que aparece de la nada y no como el resultado del trabajo de cientos de personas en fábricas y centros de distribución, se oculta que la mercancía es fruto del trabajo humano y de relaciones productivas, sociales y de poderes donde se realiza el trabajo humano. Marx a esta mirada, la llamaba el Fetichismo de la mercancía.

Nuestras infancias se ahogan en un mar de objetos, cosas atractivas y adictivas que prometen felicidad sin límites, un paraíso terrenal que tienen y deben consumir. No se logra ver que el hiperconsumo es un conjunto de relaciones sociales y que apuntan a la aceleración y maximización de valorización de la explotación económica de los consumidores, entre ellos, niños, niñas y adolescentes.

Se introduce al infante al mercado seduciéndolo, se le saca toda la plusvalía posible, lo colocan en el centro de la economía, es tratado como consumidor, se le brinda un protagonismo enfermizo, esto para que nunca busque lo real, porque un consumidor que se siente excluido protesta, pero un consumidor que se siente protagonista, compra.

Entonces, ¿bajo qué argumento se le niega participación política a quien ya fue introducido como un agente económico completo, y a quien ya se le hizo creer que comprar es participar?

Reflexiones a partir del capítulo 4 de
 El Desborde de la Explotación Económica
 de las Infancias en el Capitalismo Contemporáneo.

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