El Árbol Bueno
Shajareh Tayyebeh
Una Mirada Otra
Sobre el capítulo «Las infancias contemporáneas en el vértigo de la bulimia consumista» — Comunidad de Pensamiento frente al Desborde de la Explotación de las Infancias (Cussiánovich, Bazán, Schibotto, et al.)
Edad promedio de las niñas enterradas en Minab: 9 años.
Edad promedio de un soldado de infantería estadounidense: 21 años.
Edad del presidente que declaró la guerra: 79 años.
Vamos a llegar a esos números. Pero antes hay que entender cómo se construye un mundo donde esos números son posibles.
Hay tres posiciones sobre infancias y consumo que llevan décadas girando en círculos.
La primera denuncia: el consumismo destruye la infancia, la mercantiliza, la mata simbólicamente.
La segunda lo resuelve por etapas: el niño nace como tabla rasa y se va formando como consumidor adecuado — la infancia como sala de espera del mercado.
La tercera celebra: el niño es un consumidor soberano, empoderado, capaz de transgredir las normas del mercado.
Los tres se quedan cortos. El primero reduce al niño a víctima. El segundo a aprendiz. El tercero olvida que el territorio donde se ejerce esa agencia está dominado por fuerzas hostiles a cualquier autodeterminación. Y los tres miran al niño frente al objeto. El problema no está en el objeto.
Ninguno hace la pregunta que importa: ¿es el consumo una forma de explotación económica? Y si lo es, ¿no están los niños, por el solo hecho de ser consumidores, en el centro de esa expropiación?
Lo que cualquiera puede constatar: la gran maquinaria del capital intuyó hace tiempo que la infancia es un segmento de ganancias sin límite. Desde entonces, un arsenal de captura. Bombardeo publicitario a la niñez hasta vencer la resistencia de los padres. Cualquier producto convertido en juguete — cepillos en forma de animalitos, champú en forma de princesas. Videojuegos brandeados que construyen relación con una marca. La idea progresista de hacer la educación divertida, capturada y reconvertida en estrategia de venta.
En ese diseño cooperaron publicitarios, psicólogos, sociólogos, técnicos de algoritmos, manipuladores de Big Data, médicos, pediatras. Una servidumbre de saberes supuestamente científicos a los dictámenes de la valorización del capital.
Y los cuerpos. Cuerpos consumidores y cuerpos consumidos. Que comen lo que el mercado dicta. Obligados a comprar tal zapatilla. Echados en el circo de la adultización erotizante, de la industria del espectáculo. Hasta llegar — dice el capítulo — a «los cuerpos infantiles masacrados y destruidos por las guerras, detrás de las cuales siempre hay fuertes razones económicas, que nos reconducen al exasperado ciclo de producción y destrucción.»
Cuerpos consumidores. Cuerpos consumidos. Cuerpos destruidos. El 28 de febrero de 2026, 165 de esos cuerpos tenían entre 7 y 12 años y estaban sentados en sus carpetas en una escuela que se llamaba El Árbol Bueno.
Pero la descripción no alcanza. Se pueden listar estrategias, marcas, cuerpos. Se pueden sumar ejemplos hasta el infinito. Borges lo anticipó: unos geógrafos hacen mapas cada vez más grandes hasta que el mapa tiene la misma extensión que el territorio. Perfecto. Inútil.
Los límites no se superan agregando más ejemplos. Se superan entrando a otro nivel de análisis. Estamos frente a un «capitalismo clandestino»: procesos de extracción que se mueven subterráneamente, que se vuelven visibles solo en situaciones extremas.
Marzo de 2026 es una situación extrema.
Marx llamó fetichismo de la mercancía a la ilusión de que las cosas tienen valor por sí solas. Un celular en un mostrador aparece como por generación espontánea. Ninguna mano lo creó. El truco queda oculto.
Pero el hiperconsumismo produce un segundo fetiche: el del consumo mismo. La ilusión de que comprar es una relación libre entre el consumidor y el objeto. Detrás, invisibles: campañas de fidelización, obsolescencia programada, colonización de la subjetividad por ejércitos de psicólogos y técnicos de algoritmos. El producto simplemente está ahí. El deseo simplemente apareció. La compra simplemente sucedió.
La guerra tiene su propio fetiche. Un misil aparece solo sobre una ciudad, sin manos que lo fabricaron, sin contratos que alguien firmó. El Pentágono bautizó la operación contra Irán «Operation EPIC FURY.» Nombre de videojuego. Estética de tráiler. Branding de producto.
El fetiche de la mercancía oculta quién hizo la cosa.
El del consumo oculta quién diseñó el deseo.
El de la guerra oculta quién mató y por qué.
Mientras miras la zapatilla, no ves la fábrica. Mientras miras la bandera, no ves el cadáver. Mientras scrolleas la noticia, no ves ninguno de los dos.
Si el fetiche funciona igual en el centro comercial y en el centro de mando, ¿son dos sistemas o uno solo con dos uniformes?
Un niño quiere zapatillas. Las básicas: 30 dólares. Las de marca: 150. Mismo material. Misma fábrica. La diferencia — 120 dólares — es valor simbólico. No pagan un mejor producto. Pagan el derecho a no ser excluido.
Esas zapatillas vienen de fábricas donde la fuerza de trabajo recibe remuneraciones de hambre. Primera explotación: al trabajador, en la producción. Con el plusvalor simbólico de la marca, las corporaciones roban de nuevo. Segunda explotación: al consumidor.
Tres misiles Tomahawk cuestan 6 millones de dólares. Los fabricó Raytheon — primera explotación. Los pagó el contribuyente estadounidense — segunda explotación. Cayeron sobre una escuela de niñas — tercera: la destrucción. El ciclo de producción y destrucción del capital necesita destruir para volver a producir.
La zapatilla roba dos veces. El misil roba tres.
Si el valor simbólico se construye para extraer riqueza, ¿el branding es marketing o mecanismo de explotación? Y si una operación militar se bautiza «Operation EPIC FURY», ¿es defensa o es branding?
El sistema necesitaba resolver un problema: ¿cómo hacer que consuma quien no tiene con qué pagar? La respuesta fue el crédito. Hoy en la caja del supermercado, comprando leche: «¿En cuántas cuotas?» Los intereses son pequeños montos que antes pertenecían a las familias. Multiplicados por miles de millones de operaciones: transferencia masiva de los pobres hacia los ricos.
Y los bancos ya le apuntan a los niños. Mastercard dice que el Día del Niño es «una buena oportunidad» para introducir conceptos financieros. No están educando. Están fidelizando. Construyendo consumidores antes de que existan como ciudadanos.
La guerra necesitaba resolver el mismo problema: ¿cómo hacer que acepte la guerra quien no gana nada con ella? La respuesta fue el miedo. Trump dijo que Irán desarrollaba misiles capaces de alcanzar territorio estadounidense. La AIEA dijo que no tenía evidencia. No importa. El miedo ya había sido vendido. A crédito. Y los intereses los pagará la próxima generación.
Si inducir deseo para vender juguetes es manipulación, e inducir miedo para vender guerras es propaganda, ¿Cuál de las dos empieza primero?
Y lo más grave. El desborde coloniza el lugar desde el cual las infancias construyen quiénes son. Juegos libres reemplazados por apps que monetizan cada minuto de atención. Rituales comunitarios reducidos a eslóganes de marca. Al robarles la posibilidad de narrarse fuera de lógicas mercantiles, se les condena a habitar identidades prestadas.
Bauman lo llamó «fetichismo de la subjetividad»: te convencen de que tu proyecto de vida — éxito, competencia, autonomía — es decisión tuya. Fue diseñado desde afuera. El niño no solo consume productos. Consume la versión de sí mismo que el mercado le fabricó.
La guerra también reprograma. Reprograma lo que consideramos aceptable. 165 niñas muertas en una escuela y el presidente lo atribuyó a Irán. Sin evidencia. Desde Truth Social. A las 48 horas, el mundo hablaba del precio del petróleo.
¿Cuánto de lo que un niño cree desear fue diseñado por un equipo de marketing antes de que él naciera? ¿Cuánto de lo que un ciudadano cree temer fue diseñado por un departamento de defensa antes de que él votara?
La modernidad hizo un pacto con la infancia: te sacamos del mundo económico, te damos familia, escuela y juego. En letras chiquitas: no tendrás voz, no tendrás derechos plenos, no participarás.
Ese pacto se rompió.
El hiperconsumismo devolvió al niño al centro de la economía. Lo trata como consumidor completo, como blanco financiero, como componente de los procesos de explotación. La guerra devolvió a las niñas de Minab al centro de la geoestrategia. Las trató como costo operativo aceptable.
Doble trampa: el mercado lo explota como adulto y lo silencia como niño. La guerra lo mata como enemigo y lo llora como inocente.
Si el sistema ya lo trata como agente económico para extraerle valor, y como blanco militar para destruirlo, ¿con qué argumento le niega participación política?
La pregunta nunca fue solo sobre la guerra. La pregunta siempre fue sobre quién paga. Quién paga los 130 dólares de diferencia. Quién paga los 6 millones en Tomahawks. Quién paga los intereses del crédito con el que compró la leche. Quién paga con su cuerpo para que otro cobre con su firma.
Siempre los mismos.
El petróleo llegó a 119 dólares el barril. Trump lo llamó «un precio muy pequeño a pagar.» Las colas de motocicletas y autos esperando gasolina en Lima no aparecieron en su feed. Nadie le pidió permiso al Congreso. La votación para limitar el poder de guerra se perdió 212 a 219. Cuatro votos. La democracia como margen de error.
La misma ciudad. La misma tarde. No podías distinguir la fiesta de la protesta. El horror del entretenimiento.
La fiesta necesita cuerpos.
Y los que siempre ponen el cuerpo son los mismos. Los que cosen la zapatilla. Los que pagan las cuotas. Los que marchan al desierto. Las que estaban sentadas en su carpeta a las ocho de la mañana en una escuela que se llamaba El Árbol Bueno.
Faviana Quispe,
Engelbert Huber
y Alejandro Cussiánovich.