¿Las infancias no cotizan?
Partimos del capítulo “Guerra y ecocidio” de la Comunidad de Pensamiento
frente al Desborde de la Explotación de las Infancias
(Arispe, Bazán, Cussiánovich, Figueroa, González, Martínez, Schibotto, Talero)
Somos una mirada otra.
No sintetizamos.
Atravesamos hasta el núcleo.
No buscamos aplauso.
Buscamos que algo se mueva.
Lo que sigue no es una lectura cómoda. Es una estructura puesta al descubierto. Y las preguntas que inevitablemente deja abiertas.
Faviana Quispe, Engelbert Huber y Alejandro Cussiánovich.
Te dijeron que la violencia es humana.
Maturana lo desmintió desde la biología: lo natural es la ternura.
La guerra no nace del hombre. La producen hombres con nombres y apellidos.
Y hoy esos nombres cotizan en bolsa.
El capitalismo no sufre de guerras.
Vive de ellas.
Es una economía de guerra permanente.
Siempre desaprobada. Siempre exorcizada. Nunca abandonada.
Porque no es una falla. Es el motor.
Si la guerra se condena en público, pero se sostiene en privado,
¿la condena es protesta o es maquillaje?
Gaza no es una tragedia. Es un modelo de negocio.
Francesca Albanese, relatora de la ONU, lo tituló sin anestesia:
“De una economía de la ocupación a la economía del genocidio.”
“Este genocidio no se ha detenido porque es rentable.”
No se mata a pesar del capital.
Se mata porque matar reactiva el circuito de acumulación.
Lockheed Martin construye los aviones que lanzan las bombas.
Palantir afina la inteligencia artificial que decide dónde caen.
Microsoft y Amazon guardan los datos del exterminio.
Caterpillar derriba las casas.
Heidelberg vende el cemento para levantar lo que viene después.
Airbnb cobra comisión por dormir en tierra desalojada.
Nada es improvisado.
Todo tiene proveedor.
Y aun así califican como inversiones “socialmente responsables”.
Irónicamente la guerra también tiene sello verde.
No es una cadena de cómplices. Es una cadena de suministro.
La diferencia es que la primera implica culpa. La segunda, logística.
Y la logística no tiene remordimiento.
Si nadie dispara y el sistema igual mata,
¿qué significa responsabilidad?
58.026 palestinos asesinados. 30% son niños.
Cada día mueren los que llenarían un aula.
Pero la infancia no es el daño colateral.
Es el campo de pruebas donde la tecnología demuestra su rendimiento.
El misil optimiza su precisión sobre una ciudad habitada.
El dron prueba su eficacia sobre un cuerpo.
La inteligencia artificial se entrena con datos de exterminio.
Los niños no son la mercancía. Son el campo de experimentación.
Ahora el planeta.
Te dijeron “Antropoceno”. Que la humanidad destruye la Tierra.
Jason Moore preguntó lo que nadie quiere contestar:
¿Es lo mismo el niño indígena al que le roban el agua que la corporación que privatiza el río?
No es Antropoceno. Es Capitaloceno.
Naciones Unidas dijo: “el mundo no está ofreciendo a los niños un clima adecuado.”
¿Quién es “el mundo”?
Al mundo pertenecen los niños sin agua y las corporaciones que lucran con la sequía.
Este es el truco: cuando todos son culpables, nadie es culpable.
Y por esa grieta se fugan los verdaderos responsables.
Saito lo dijo sin metáfora:
“Es probable que el capital continúe acumulando, incluso si la crisis se profundiza al punto de destruir todo el planeta.”
El mecanismo no necesita que el planeta sobreviva.
Necesita que el ciclo de acumulación no se detenga.
Y ahí está la expropiación más radical:
El capitalismo no roba el presente. Roba el porvenir antes de que exista.
No solo les quitan recursos a los niños. Les quitan el tiempo histórico donde esos recursos deberían sostenerlos.
Eso es explotación intergeneracional.
Y nadie lo está nombrando como tal.
Si el futuro entra en la cadena de valor antes de que exista quien pueda defenderlo,
¿qué término o categoría corresponde?
Ni Nobile, ni Saito, ni Moore — los pensadores más rigurosos de esta articulación — mencionan a las infancias.
El adultocentrismo infecta incluso al pensamiento antisistémico.
Entonces hay que decirlo:
Niños mutilados para reordenar territorios.
Niños contaminados para sostener cadenas extractivas.
Niños desplazados para liberar suelo.
La infancia no es víctima colateral. Es materia prima.
El capitalismo no destruye porque odia la vida. Destruye porque necesita rotación.
La guerra acelera la rotación.
El ecocidio expande la frontera.
Y en ambos casos la infancia cumple una función silenciosa: absorber el costo de transición.
El sistema no necesita odiar a los niños.
Necesita que su destrucción no altere la rentabilidad.
No hay maldad épica. Hay indiferencia contable.
Y la indiferencia contable es más estable que el odio.
Porque el odio necesita convicción.
La indiferencia solo necesita que los números cierren.
La necropolítica no es un exceso del sistema. Es su contabilidad aplicada a la vida.
Producción.
Destrucción.
Valorización.
No son metáforas. Son estados financieros.
Y en la columna de costos operativos, donde debería haber números, hay nombres de niños que nadie va a leer.
Si “la infancia no cotiza”, ¿por qué el sistema la necesita en cada eslabón de su cadena?

